(Árnold)

Ja està. Un altre dia. Una altra classe. Una altra època. Un altre temps. Un, dos, tres, caballito inglés. Em pare a pensar. Faig l’esforç. Mmm. Entre, ixc. No ho aconsegueixc. No arribe. Sempre una trava, una barrera. Tinc dona i dos fills, què més vull? Cotxe, moto, bicicleta. Correr tots els dies, caminar. Alçar peses. Compte fins a cent. M’agrada comptar. M’agrada l’ordre, l’ordinal, les files índies. M’agrades tu. Un, dos, tres, caballito inglés. Un pas, després un altre. Un quilo, després un altre quilo. Deu repeticions. Saltar, pujar, flexionar. Em ve bé tot. Menge com una llima i no engreixc, clar!, ho creme tot. M’agrada cremar. Els diners cremen. Els diners manen. Els diners no importen. Sempre que em pare a pensar em venen al cap els diners. Els comptes no ixen sempre com un desitja. M’agrada comptar els meus diners. Un, dos, tres, caballito inglés. Els xiquets creixen, els arbres creixen. La vida passa amb aquesta mateixa sensació de fastig. Oh, no. Mmm. No avorrir-se mai. Eixir a córrer, eixir a passejar. Vore una sèrie. M’agraden les sèries. També les sèries de coses. En fila índia. A vegades em pose en fila índia quan camine sol pel carrer, darrere de qualsevol desconegut. M’agrada estar en fila índia. En la cua del banc. En la cua del cinema. En la cua del pa. En la cua del futbol. He nascut per a estar així. En una cua, en fila índia. Un, dos, tres, caballito inglés. De menut sempre vaig voler ser el primer en totes les files índies. Ah, de nou l’ordinal, l’ordre, el primer, davant de tots. Després he anat conformant-me. Entre i ixc de les files índies. No passa res per parar-se a pensar. Veus?, així. M’he parat a pensar. Mmm. He pensat una estona en els diners. Els comptes. El que he pagat i el per pagar. Les coses que primer pagar i les coses que pagar després. El meu primer fill i el meu segon fill. Tot ha vingut així. Una cosa va davant i una altra va després. I el que un procura és no quedar-se enrere. Que no li passe per dalt l’ona. El món és així, competitiu. Una putada, veritat? Però és així. Jo ho veig així, claríssimament clar. No val la pena perdre. A mi no m’agrada perdre ni a les caniques. Un, dos, tres, caballito inglés. Pas a pas. Partit a partit. Aconseguint petites metes que després seran grans metes. Inversions. Exercicis. Flegmes. Pujar escales. Baixar escales. Anar cap endavant. Cap endarrere ni per a prendre aire. Em pare a pensar. Ja està. Ja he pensat. Què més cal pensar? Res. O trepitges o et trepitgen. O avances o t’avancen. O puges o baixes. En funció dels altres. Tot en funció dels altres. Com un joc. Com un esport. La vida és una prova. Una carrera d’obstacles. Un, dos, tres, caballito inglés. Corre, corre que te piso. Salta quan faça falta saltar. No mees fuera de tiesto. Estigues preparat per al que pugua arribar. Menja bé. Dorm bé. Entrena bé. Cinquanta quilos, setanta quilos, vuitanta quilos, cent quilos. Algú dóna més? Ningú podrà amb mi. Un, dos, tres, caballito inglés. Sóc així feliç. Tot el feliç que es pot ser, no? Algú pot dir que és feliç, que és més feliç que jo? Ningú. Un moment, com puc estar fent-me aquestes preguntes? Estic a soles en el gimnàs, esperant als meus alumnes. Esperant als xics i xiques. Són per a mi un regal. Un exemple. Un alè. Com fills meus. Els posaré en una fila índia. Els explicaré. Primer, segon, tercer, quart. Així fins a l’infinit. Com diu Lalo, un dia darrere l’altre. Un, dos, tres, caballito inglés.

(SONSOLES Y JAVIER)

 

Cuando Javier llegó a la sala de profesores Sonsoles ya estaba sentada en su sitio habitual: junto a una columna que ocupa una posición central en la sala, y que interfiere en la mirada de cualquiera que se asome por la puerta. Sonsoles decía siempre que prefería ese sitio por una cuestión de resguardo, por sentirse protegida junto a la superficie cilíndrica (de unos cincuenta centímetros de diámetro, aproximadamente), de carácter macizo. La columna fuerte, robusta, inexpugnable, junto a la que sentirse segura. En su fuero interno, y en conversaciones privadas, Sonsoles confesaba el carácter erótico de su decisión de colocarse allí, en ese preciso lugar, junto a ese enorme símbolo fálico, desde el que acurrucarse y, ay, soñar… Javier conocía esta segunda versión y a veces bromeaba con su amiga Sonsoles, casi siempre en clave, para no incomodarla.

 

Javier solía sentarse en una esquina, bastante lejos de Sonsoles. Esto les obligaba a casi gritar, cuando se hablaban. Pero no había otro remedio, pues las “vacas sagradas” del claustro tenían cada una asignado un lugar en la enorme mesa de la sala de profesores. En una esquina, por otro lado, Javier se sentía cómodo; pues la esquina subrayaba su carácter de “outsider” en el instituto. La esquina no era un lugar asignado a nadie. En cierto modo era lo que en el lenguaje militar se conoce como “tierra de nadie”. Su lugar.

 

– ¿Has hablado con Árnold? – preguntó Javier.

– No lo he visto hoy. ¿Por qué? – dijo Sonsoles.

– No sé. Estaba raro en la guardia de patio. Cojeaba un poco, me ha preguntado si yo tenía wifi, cosa que me ha dejado desconcertado. Y al poco rato, me ha dicho que Paco, el nuevo de plástica, el jovencito, en realidad es un doppelgänger de Devendra.

– ¡Qué burrada! Aunque, bien mirado, ese chico, ¿cómo has dicho que se llama?, ¿Paco?, sí que se da un aire a Devendra.

– Me he cruzado con él al venir hacia aquí y, no sé si inducido por lo que me ha dicho Árnold, sí me ha parecido que hay algo extraño, o maligno, en él.

– Creo que Caridad me dijo que es escultor- apuntó Sonsoles.

– Vaya, a saber qué clase de esculturas hace –dijo Javier.

– Ahora que lo dices, hace un par de semanas sucedió algo extraño en una de sus clases. Una chica de tercero de ESO descubrió una sombra en el aula, en la que parecía adivinarse una cara, como las famosas caras de Bélmez. Llamaron a Lalo, pues algunos alumnos se asustaron. Y no consiguieron averiguar qué o quién había dibujado esa cara en la pared. La chica dijo que se parecía a su tío Benito, el hermano de su padre, un exalumno.

– Igual lo dibujó el tal Benito, años ha. Y el dibujo ha salido ahora. ¡Vete tú a saber!

Se acababa el patio. Árnold renqueaba. Se acercó a mí mirándome fijamente a los ojos y dijo:

 

-¿Tienes wifi?

 

-No hay wifi en el instituto, Árnold, lo sabes perfectamente.

 

Árnold se quedó quieto, de espaldas a mí. Mirando aparentemente al vacío. El alumnado volvía a clase. Creí escuchar un zumbido. Pensé que el cielo amenazaba lluvia. Entonces, Árnold se volvió y me advirtió, sentencioso:

 

-Paco, el nuevo de plástica, es un doppelgänger de Devendra.

 

Dijo eso y se fue. Se dirigió al gimnasio. Yo me quedé pensando un instante. Nunca había caído en el parecido físico entre el chico nuevo de plástica y Devendra, nuestro psicólogo. Pero, ¿por qué llamarlo “doppelgänger”? ¿Estaba bromeando, Árnold?

 

Caminé hacia la sala de profesores. No tenía clase la hora siguiente. Me crucé con varios profesores y profesoras; entre ellos Paco. Me fijé en él, tratando de disimular mi interés. El parecido era evidente; quizá Paco era más joven y más moreno. Y sí, había algo en su mirada. Algo esquivo; quizá maligno. O quizá mi percepción había sido inducida por la afirmación de Árnold (Paco, el nuevo de plástica, es un doppelgänger de Devendra).

 

Recordé haber leído algo sobre la figura del doppelgänger. Se trata de una figura romántica, que ha inspirado numerosas ficciones (el famoso Mr Hyde de Stevenson, o el Goliadkin de Dostoyevski). La leyenda dice que cuando uno se encuentra con su doppelgänger, su doble maligno, la muerte acecha. ¿Se habrá dado cuenta de esto Devendra? ¿Tendrá que ver con su obsesión por levitar?

(Javier)

Salgo de clase de segundo de bachillerato un poco harto, la verdad. Les hablas de la fenomenología de Husserl (¡solamente mencionarla!) y se parten de risa como si estuvieran oyendo un monólogo del Club de la Comedia. Ya es bastante que tenga que machacarlos con Simone de Beauvoir sin que tengan que saber nada de Camus o Sartre. Que si se me ocurre mencionar a este último, otra vez, les entra la risa y, si hay alguien que se acuerda, se acuerda de aquel francés como “aquel bizco feo”. Ya lo dice mi amigo Olegario: La cultura está fracasando. Se trata de un naufragio, lento, muy lento aunque inexorable, del que soy testigo de año en año.

 

Me toca guardia de patio. Menos mal que me voy a encontrar con mi amigo Olegario. Se trata de un gorrión que suele posarse a la sombra en una de las ramas del árbol que está a la derecha saliendo por las escaleras. Una vez cada dos semanas me toca en ese lugar. Al principio me extrañó que un pequeño gorrión me hablara; pero pronto agradecí tener con alguien una aguda conversación sobre Heidegger; aunque sólo fuera un pequeño pajarillo con aire asustado. Los alumnos -los que no van tan a la suya que ni se dan cuenta de que ando por allí-, los alumnos, digo, creen que hablo solo; pues la vocecilla de Olegario es tan tenue que apenas la oigo yo, por mucho que me acerque. Olegario a veces fuma pequeños cigarritos que se lía él mismo con restos de hojas y ramas. Porque dice que para él, el acto de fumar, las volutas de humo a su alrededor, le incita a pensar.

 

Olegario es de ideas anarquistas. Y digo yo que no podría ser de otra manera; dada su condición de animal salvaje, o semisalvaje, aunque de pequeño tamaño. Aparte de este progresivo desmoronamiento de la cultura, que yo apenas le discuto, Olegario anda preocupado últimamente por la mala gestión que tenemos todos (él se incluye) del tiempo; y que tiene, según Olegario, (la mala gestión) una raíz cristiana. Empezamos ofreciéndole nuestro trabajo a Dios y hemos acabado, dice Olegario, obsesionados por un trabajo que no nos lleva a ninguna parte; a lo sumo, concluye, a seguir enriqueciendo a las empresas de telecomunicaciones.

 

Mi pega viene por su condición animal. Pero si tú no trabajas, alma de Dios. Eres solo un pajarillo.

 

Entonces él argumenta que su especie vive muy a expensas de la sociedad nuestra; pues no vive en entornos enteramente salvajes. Al menos yo, dice Olegario, no conozco ningún gorrión enteramente salvaje. De modo que los gorriones, según Olegario, son muy sensibles a los ritmos humanos y les perjudica, les estresa, el frenetismo con el que cada vez vivimos todos instalados. Y al decir “todos” se incluye a él y, se supone, a los suyos. Por eso fumo, dice Olegario.

Me pregunta qué voy a hacer en vacaciones. No sé por qué. Y le cuento todo lo que mi mujer y yo hemos programado. ¿Ves?, me dice. Estás aplicando el mismo concepto de productividad a tu tiempo de descanso, el mismo con el que te machacas en tiempo de trabajo. Lo mismo estáis haciendo con toda esta gente (y señala con su alita derecha al patio, donde cientos de adolescentes circulan libremente). Les estáis educando para ser productivos, para adaptarse lo mejor posible a la “máquina”… No tanto para pensar y sentirse libres… Y eso que tú eres –supuestamente- profesor de filosofía.

 

Yo hago lo que me dicen que haga, le dije a Olegario, un poco enfadado. Sí, claro, me dijo; pero habrá algún resquicio; algo por donde entrarles y que les saque de ese estado tan complaciente con la maquinaria de la productividad. (¿A qué se referiría exactamente con “maquinaria de la productividad”?) En ese momento, me despisté un poco. Se me acercaba Árnold, de educación física, con una amplia sonrisa. Cuando me giré de nuevo, un gato estaba devorando a Olegario. Lo contemplé horrorizado. Pero no pude explicárselo a nadie. El gato sustituyó en el árbol a Olegario, como si el pequeño filósofo no hubiese existido nunca. Y yo me alejé a hablar con Árnold.

(JÚLIA)

 

Mentrestant, la gata Julia posava per Rubén. El gegant tractava d'imitar el perfil d'ella amb la posició dels braços.




(SONSOLES)

Salgo del aula con una ligerísima sensación de frustración. Como siempre. Dando rienda suelta a mis demonios.

Enseñar. Para qué enseñar. Qué es enseñar. Probablemente, nadie lo sabe a ciencia cierta. La vida seguramente sea demasiado corta para que una acumule la suficiente experiencia como para pensarse –creerse- con la autoridad suficiente como para transmitir esa experiencia a otro. Generalmente, somos pragmáticos y hablamos de la enseñanza como un empleo, una forma de ganarse la vida. Adquieres una serie de conocimientos de algo (matemáticas, geografía, o lo que sea) y te dedicas a difundirlos entre personas que son más jóvenes que tú y todavía no han adquirido esos conocimientos. Pero, ¿es eso enseñar? ¿Deberíamos plantearnos ser, simplemente, instrumentos al servicio de una Administración?

Desde luego, a pesar de mis dudas (que en ocasiones me atormentan terriblemente) yo siempre he querido ser profesora. He dicho “profesora”; y no “profesor”, pues cuando pude ser profesor no quise serlo. Preferí como hombre trabajar en otra cosa. Y convertirme en mujer para dar clases, para ser “profesora”.

Recuerdo que hace años leí un libro que me marcó mucho. Se titula El país del agua. El autor es el inglés Graham Swift. Trata de un profesor de Historia que decide explicar su propia historia a sus alumnos (“enseñarse él”), previo a enseñar la Historia general. Ese libro me enseñó que, probablemente, enseñar es enseñarse; esto es, mostrarse, o “darse” (si se quiere darle un matiz heroico). De manera que cada uno de nosotros debería encontrar la mejor manera de “enseñarse”, para así poder enseñar.

 

Yo estudié Historia del Arte. Aunque imparto generalmente la asignatura de Geografía e Historia de la educación obligatoria; cosa que, a veces, resulta frustrante. Me especialicé en Arte Contemporáneo (no me ha servido para nada); y me acuerdo siempre de dos de los grandes referentes del mundo artístico de la segunda mitad del siglo XX: Andy Warhol y Joseph Beuys. Warhol y Beuys fueron figuras antagónicas, como la cara y la nuca –fruto de mis reflexiones anteriores-. Coincidieron en que su importancia cultural fue mucho más allá que la calidad de sus obras. Fueron iconos culturales: Warhol, para la sociedad y la cultura norteamericana; Beuys para la cultura europea. Warhol consiguió, desde el mundo del Arte –marginal, en cierto sentido- inscribir su nombre en el sistema del estrellato americano. Su figura nos viene a decir: crea tu propio personaje, crea una ficción en tu vida y hazla realidad: esto es, esconde tus debilidades y tus defectos. Warhol es la gran figura artística de la sociedad capitalista (junto a las estrellas del cine y la televisión, con las que se alineó). Beuys, al contrario, reivindicó la figura del chamán, del ritual primigenio, del Arte abierto a los instintos naturales. Con su obra, Beuys nos decía: muestra tus defectos, muestra tus debilidades y haz una obra en torno a ellos. Por supuesto, la Guerra Fría la ganó Warhol; y hoy es uno de los artistas contemporáneos más cotizados.

En nuestra forma de “enseñarnos”, ¿qué preferimos?, ¿esconder nuestras debilidades o mostrarlas?

 

Siempre he querido hablarles a mis alumnos de mi opción transgénero. Nunca me he atrevido. No he sabido crear, hasta ahora, el clima adecuado en el aula. Si lo hiciera me produciría innumerables problemas. No obstante, como el protagonista de El país del agua, estoy deseosa de “enseñarme”.