EL NOSTRE RELAT

Vamos a escribir un relato, venga anímate, entre todos.
Lo único que tienes que hacer es seguir el hilo por donde va.
Si vols fer una il·lustració o afegir una imatge que vaja amb el text que estàs llegint seria una gran idea.
Escribe en el idioma que quieras. Lo importante es que seas coherente con el texto y que busques una cohesión.

Veurem què ix. Sense pretensions, per diversió.

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COMIENZA LA AVENTURA

Un dia darrere l’altre

Todo parecía como todos los días, conduje hasta el trabajo y aparqué fuera, la puerta del garaje volvía a no funcionar.

Entré rápido porque llegaba con el tiempo justo, como siempre. Quizá si hubiera sabido que sería la última vez que lo haría, hubiera entrado más pausada.

La noche anterior había habido un extraño cataclismo. La tierra pareció temblar y, a eso de las cinco de la madrugada, se avistaron varios destellos, como relámpagos, pero sordos. Ningún trueno o ruido se oyó. El noticiario de la mañana avisó de que se habían escapado unos microorganismos de un laboratorio internacional de microbiología. El locutor que nos advertía de la noticia aparecía en la pantalla del televisor ataviado con una máscara que le cubría toda la cara. Dijo que el gobierno estaba decretando el uso de esa máscara como obligatorio, incluso para dormir. El microorganismo, dijo el locutor -cuya voz a través de la máscara sonaba metálica-, podía producir efectos devastadores en el organismo de los seres humanos. El reportaje gráfico que acompañaba a la noticia mostraba un grupo de personas renqueando por una calle, como si fueran “zombies”. Me pareció un asunto inverosímil. Me tomé el café mirando perplejo la pantalla del televisor y salí a la calle con una media sonrisa; pensando que, tal vez, el escenario de la realidad se había convertido en el plató de una película de ciencia ficción (o de aquella serie televisiva, cómo se titulaba: Walking Dead). No me gusta la ciencia ficción ni el género de terror, así que llegué al instituto con la misma actitud escéptica de todos los días.

En la puerta del instituto, sin embargo, empezaron a ocurrir cosas extrañas. Un grupo de adolescentes (tres, creo recordar, tal vez cuatro) andaba hacia la puerta con el mismo caminar “zombie” que las personas que, momentos antes, había visto en la tele. No llevaban mochilas y de sus bocas manaba una sustancia gelatinosa que no podía ser saliva, tampoco sangre. Qué era aquello. Parecía helado de vainilla derretido. No pude reconocer sus caras; a pesar de que, seguramente, debían ser alumnos míos. Tenían la cara desfigurada, como si el soporte rígido de las facciones -esto es, los huesos- se hubiera ablandado. Cada uno de ellos portaba en una mano su teléfono móvil, con la pantalla en blanco, centelleante. Miraban insistentemente las pantallas de sus teléfonos y parecían lamentarse por algo. Pero yo no lograba entender lo que decían. Al rebasarlos, se dirigieron a mí y me dijeron:

-¡Eh!… ¡Eh!

-¿Sí? -dije yo, solícita.

-¡Eh!… ¿Tienes wifi?

-¿Que si tengo qué? -pregunté,sin entener nada.

-Wifi, wifi…¡Queremos wifi!

-Lo siento-dije, y me alejé rápidamente. El extraño grupo volvía a mirar insistentemente las pantallas de sus teléfonos, que movían en aspavientos buscando “cobertura”, repitiendo: ¡Wifiii, wifiii!…

En esa tesitura entré en el centro. Mi raciocinio se había visto alterado. Pero rápidamente recobré la compostura. Seguro que todo aquello tenía una explicación razonable…

Ese era el principio de mi nueva novela, bueno mi nueva y primera novela. O ni siquiera era el principio, estaba totalmente atascada. 

Siempre había estado atascada. Siempre con ese zumbido en la cabeza. Hasta que me hice un cambio de sexo. Yo había sido Jacinto Hernando Buendía. Me dedicaba a vender productos refonadísimos en una conocida franquicia herbolario. Luego, como Sonsoles Hernando Buendía pude dar clases en institutos de secundaria; con el aplomo que me garantizaba la confianza ganada en mi género.

A pesar de lo que, de vez en cuando, todavía me refería a mí misma en masculino. Cosa que perturbaba no pocas veces a mi alumnado. Sobre todo al de los cursos inferiores.

Toc, toc. Llamé. Pues la puerta estaba casi tan atascada como yo. Inmediatamente acudió a abrirme Rubén. Rubén mide doscientos diez centímetros de altura. Ha sido pívot en un equipo de baloncesto. Se lesionó el tobillo derecho y tuvo que dejar la competición deportiva. Aprobó una oposición y desde entonces es el conseje de nuestro instituto. Un conserje de altura. 

Rubén empujó fuerte la puerta para que yo pudiera entrar. Mientras tanto, yo me ajustaba la falda; sin disimular una cierta coquetería. Todo el mundo sabe que a mí Rubén me gusta. Todo el mundo menos él.

Rubén me saludo. Y luego volvió a la conserjería. Dijo que tenía que hacer fotocopias. Le vi agacharse sobre la máquina fotocopiadora y pensé que, quizá, esa posición tan incómoda era lo que le hacía equivocarse tanto a la hora de hacer fotocopias. Siempre que le encargabas algo salía torcido o con fragmentos fuera del papel. Era un tipo desastroso. Pero adorable. Yo, al menos, lo adoraba.

En la escalera, camino de la sala de profes, me crucé con Ladislao. Ladislao Rajoy, al que todos llamábamos, cariñosamente, Lalo.

 

Lalo Rajoy era muy bajito, en torno a ciento cincuenta centímetros de alto. Las mentes maliciosas del claustro decían que Lalo Rajoy evitaba a toda costa encontrarse en el instituto con Rubén, el conserje. Los más de dos metros de Rubén atacaban los más profundos complejos de Lalo. Por mi parte, si lo pienso, no recuerdo haber visto juntos a Rubén y a Lalo. Bueno, sí, una vez. En la fiesta de jubilación de María Antonia, la de religión, hace cinco años. Creo recordar que se les vio charlando animadamente treinta o cuarenta segundos en la barra del bar del centro. Una casualidad, sin duda, que Lalo corrigió con premura desplazándose a la otra punta del bar. 

 

Lalo, además, es muy velludo y rechoncho. De manera que su aspecto es tierno y ligeramente cómico, como un muñeco de peluche. Lo que no quita para que ejerza una férrea disciplina entre el alumnado.

 

Nada más verme, Lalo sonrió y me dijo:

-Bon dia.

-Bon dia -dije yo-. Tot bé?

-Un dia darrere l’altre -contestó Lalo Rajoy. De buena mañana, el bueno de Lalo repetía siempre lo mismo.

 

No tenía prácticamente ganas de nada, estaba cansada, otra vez había pasado una mala noche. Las pastillas de melatonina, que me había recomendado la farmacéutica, habían dejado de dar su placeba efectividad pasados unos días. Recordaba la última charla que había tenido con Adrian, nunca parecía satisfecho con nada. Ahora era yo la que parecía que nunca lo estaba.

Adrián es mi casero. Vive en el piso de arriba y a él le cuento todos mis problemas existenciales. De vez en cuando todavía nos liamos; aunque no nos queremos. Para ser más exacta, yo no le quiero a él y, eso creo, él a mí tampoco. Pero somos muy amigos desde hace años. En realidad, fue él el impulsor de mi cambio de sexo. Y la única persona con la que he tenido rollo antes, cuando yo era Jacinto, y ahora, siendo Sonsoles. 

 

Adrián, aparte de ser el propietario de mi casa y otras dos casas más del vecindario, tiene una agencia de detectives privados. Se hizo célebre en los años ochenta cuando destapó, contratado por una oscura logia de ultraderecha, los corruptos tejemanejes de un famoso empresario, conocido en la prensa rosa por sus “affaires” con princesas nórdicas.

 

Adrián ya dedica poco tiempo a su actividad detectivesca. Así que lo tengo todo el día en casa, tomando café y hablándome de su nuevo proyecto de montar un “resort” en Kenia. Yo le digo que está como una cabra. 

 

Ayer le conté que estoy pensando en abandonar la docencia. 

Me contestó con cara de hastío,- ¿otra vez Sonsoles?-

.-Y a qué te vas a dedicar, ¿a escribir?-¿Cómo llevas el libro? 

De mis ensoñaciones me despertó Lalo, me comentó que si sabía algo de lo que estaba pasando, que había oído a los alumnos hablar y que no sabía qué pasaba. 

De pronto Lalo parecía nervioso. Algo había ocurrido, sin duda. Hablaba entrecortado, apenas era capaz de entenderle nada de lo que quisiera decir:

 

-Mec… tas… mi cam… …psi… …tas.

-¿Qué dices, Lalo?

-Nad… se l… cuán… …pe.

 

Me encerré en el departamento. Lalo seguía hablando de ese extraño modo para quien quisiera escucharlo.

Estuve un buen rato escuchando a Lalo a través de la puerta, era cháchara indescifrable, hasta que me di cuenta de que ¡hablaba al revés!

 

En un momento determinado, repitió insistentemente algo. Pero, ¿qué?

 

Cogí un papel y apunté lo que Lalo decía:

-¡Anoromsed es odot, anoromsed es odot, anoromsed es odot..!

 

Lo escribí al revés. Por consiguiente, lo que Lalo estaba queriendo decir es que “Todo se desmorona”.

Tocaron a la puerta del departamento, era Rubén, el conserje,  hablaba muy deprisa. ¿Primero Lalo y ahora Rubén? ¿Se habían vuelto todos locos o qué? . A mí aún me quedaban cosas que preparar para la clase y estaba claro que hoy no me iba a dar tiempo, entre mi apatía y el extraño comportamiento de todos estaba atascada. Siempre atascada. Voy a cambiarme el apellido. Me presentaría: Sonsoles Atascada , encantada “Una admiradora, una esclava, una amiga, una sierva” como la película de mi infancia que tanta gracia me hacía, no he vuelto a verla porque creo que ya no la vería con los mismos ojos.

Abrí la puerta y allí estaba él, mi gigante favorito. Con esa mirada tranquila, que me producía un maravilloso efecto relajante. Traspasé sus inmensos ojos azules y volé por la nada de su conciencia, como acunada por esa actitud suya de matadragones. Aterriza, Sonsoles, aterriza, y escucha lo que Rubén te quiere decir.

 

-Devendra lo ha vuelto a hacer -dijo Rubén-. No nos hace caso a nadie; tal vez tú le hagas entrar en razón.

 

Devendra es el psicólogo del instituto. Nuestro psicólogo hindú. De nombre, al menos. Porque Devendra, en realidad, es de Xàtiva. Una vez me contó que sus padres le pusieron Devendra porque se conocieron y enamoraron en unas clases de yoga; y su peofesor de yoga se llamaba así, Devendra. A ver qué le pasaba esta vez al bueno de Devendra…

 

-Lleva en la postura de la flor de loto cerca de diez horas, calculamos -dijo Rubén-. Ayer cerré el instituto sin darme cuenta de que Devendra todavía no había salido. Me pareció raro -prosiguió Rubén- que su coche estuviese en el parking; pero como a veces se va andando a casa no me preocupé demasiado. Esta mañana me lo he encontrado sentado de esa manera tan rara. Estaba rígido, como de piedra, y apenas respiraba. Sigue así. Es como si se hubiera ido, como si estuviera en otra dimensión. Le llamas y no te hace caso. Javier, el de filosofía, le ha tirado un vaso de agua por encima y no reacciona. Hemos pensado que tal vez a ti te haga caso, como otras veces. Sois amigos, ¿no?

 

Entramos en el despacho de Devendra, presidido por una enorme escultura de escayola de un “buda” con cabeza de elefante, en la misma posición de loto que Devendra ostentaba en ese mismo momento.

 

-Devendra, ¿me escuchas? -nada, ni caso. Toqué su espalda; estaba rígida como una piedra. Busqué en el cuello el pulso, sus latidos. La frecuencia era bajísima. Debía tener veinte o veinticinco latidos por minuto, tal vez menos.

 

Estuvimos varios minutos tratando de comunicarnos con Devendra, sin ningún éxito. Varios rodeábamos a aquel yogui perdido en las oscuridades de su interior. Allí nos congregamos, como espectadores sorprendidos, Vicent, el director, Vicenta, la secretaria, y Olga, la subdirectora. 

 

De pronto algo pareció cambiar en Devendra. Temblaba ligeramente, cada vez con mayor intensidad. Hasta que nos dimos cuenta de que no tocaba el suelo. Se había levantado del suelo cuatro o cinco dedos, ocho, diez centímetros, más o menos. Devendra había conseguido levitar.

Flipante, ¿pero qué pasaba hoy?. A Lalo parecía que le había dado algo, endemoniado o algo parecido, como en los vinilos de los años 70, que si los ponías al revés oías el mensaje oculto. Rubén era capaz de hablar deprisa y encima tener ojos de calma, o eso me parecía.  Y corro a ver a Devendra y va y levita. La Ostia. Me tuve que pellizcar un par de veces porque debía estar soñando. Pero a parte de un par de morados no saqué nada más. De verdad que no me había tomado nada, a parte de la melatonina de la noche anterior.  Y mientras levitaba, cosa que asumí como si la viera todos los días, no podía dejar de pensar que cuando llegara a clase tendría que improvisar una vez más. No tenía remedio. ¿Pero cuantas cosas puedo pensar en el plazo de segundos?.

(RUBÉN)

A vore com ixc d’aquesta. Jo, que no he cregut mai en les segones oportunitats. Em costarà oblidar-la, i em costa pensar que haja de ser així. Que haja de tornar a casa aquesta nit i ja no hi siga. I que haja succeït tot tan ràpid, gairebé sense donar-me explicacions. És que li molestava la meua falta d’ambició? Aquesta merda només és una feina; una forma relativament digna de guanyar-me la vida. Per a què més? Què mes dona que haja d’assumir servilismes cap a tota aquesta gent que es creu millor que jo per haver estudiat una mica més? A qui pot fer-li mal aquesta forma que tenen alguns exigir-me coses més que a mi? Si jo ho assumeixc i tu em vols, ho has de respectar, no? Fugint i deixant-me a soles l’únic que fas és aprofundir en la ferida …

Està bé, sóc simple, no tinc cap complicació. M’agrada caminar sota la pluja a l’estiu, els gelats de nata, jugar a bàsquet, fumar quan estic nerviós, llegir a Jürgen Habermas a mitja vesprada, els programes de televisió del cor, beure sucs exòtics. No m’agrada eixir a prendre copes, ni flirtejar amb dones a la nit, no m’agrada conduir, ni viatjar perquè sí, ni escoltar música. És això un delicte? M’estic tornant neurastènic. No deixe de veure una i altra vegada vídeos de gatets a YouTube. Gatets afectuosos i tendres que em recorden la tendresa que he perdut. Em recorden a ella. A ella que em proporcionava aquesta tendresa i s’ha anat. Aquest mínim de tendresa que tots necessitem per sobreviure. Aquest mínim de carícies i contacte físic que restableix el nostre equilibri i sembla reconciliar-nos amb el món. A hores d’ara, pense que sense ella no podrà ser. A hores d’ara no sé si seré capaç de sobreviure a aquesta tristesa. Sí, tristesa. Tristesa que ho entela tot. Ja res importa. Ni tan sols el més extraordinari. Ni tan sols que Devendra sigua capaç de levitar. Ni tan sols m’importa que una estranya maledicció semble haver-se acarnissat amb nosaltres com a societat. Ja no m’importa que als adolescents del món no els interesse altra cosa que no sigua connectar-se a internet. L’únic que m’importa és ella. La meva gata, Julia, ha fugit de mi. Es va escapar per la finestra ahir nit i encara no ha tornat. I intuixc que mai més tornarà.

(JÚLIA)

La gata Júlia aquell matí havia seguit a Rubén a la feina, sense que aquest se n’adonés. I s’havia quedat rondant per l’arbreda de pati de l’institut. Pujada a una branca ronronejava, mig adormida.

La gata Julia pensava molt. Pensava sobre els éssers humans. Aquestes criatures bípedes que confinen a les seues cries durant hores, amb el pretext de proporcionar-los un gram de civilització. Quin gran engany, el de la civilització; doncs els resta als humans molta de la llibertat de què gaudeix Júlia, per anar d’aquí cap allà sense que ningú li faça comptes.
I aquest gegant de Rubén. Vaja mel·liflu, vaja conformista. Vaja ser sense substància; paralitzat per la malenconia. La gata Júlia no sap si tornarà mai a la casa de tamany ploraner.

(SONSOLES)

Empecé a estornudar, mi alergia estaba fatal, aunque no solía estornudar en el instituto, últimamente sólo me daban alergia los gatos, seguro que alguien no se había cambiado la ropa y venía lleno de pelos al instituto. 

Devendra ya había bajado de su levitación y parecía tan normal, hizo el gesto de sacar la botella de anís que tenía escondida, yo conocía el gesto porque la habíamos compartido varias veces, pero al ver que también estaba la directora y varios con la boca abierta se cortó y disimuló sacando un pañuelo. 

 

Devendra había concertado cita a las diez y cinco  con los padres de Rodolfo, alumno  superdotado pero con un sentido del humor digamos, ejem, peculiar.  Como si los pasos de los padres de Rodolfo fueran una especie de resorte que hiciese que  tomáramos el pulso definitivo a la realidad.

Todo parecía recobrar un cierto realismo. Abandoné el despacho de Devendra y me fijé de repente en el aspecto demacrado de Rubén. Lo que me preocupó.

-¿Te pasa algo?- preguntó Sonsoles.

-Mi gata-dijo Rubén-, me ha abandonado. Pero no es nada. Sólo estoy un poco desesperado.

*

En ese momento pensé que no conocía a Rubén. Ese gigantón desgarbado con el que me cruzaba todos los días; y con el que intercambiaba cuatro frases hechas sobre el cansancio del trabajo, la proximidad de las vacaciones, la falta de consideración del alumnado y demás banalidades relativas al tiempo atmosférico y los resultados de su equipo favorito de baloncesto. ¿Cuánto trato podemos tener con la gente cercana a nosotros, sin conocernos realmente? En efecto, a veces pienso que el lenguaje está hecho para separarnos, para marcar distancias, en lugar de para acercarnos, conocernos y confraternizar.

¿Cómo puede una gata ser tan importante para un tipo tan grande, con apariencia tan de “duro”? Pensé que la gata ejercía, tal vez, un efecto de “talismán” en Rubén. Era una especie de tótem; como el juguete del que no puede separarse durante un tiempo un niño. Quizá por culpa de esa gata Rubén nunca se había acercado a mí. Al fin y al cabo uno necesita sentirse solo para liberarse y saber qué y quién se es. En las encrucijadas de la vida los tótems ejercen de lastres, que nos impiden avanzar. De hecho, yo siempre había pensado algo así de Rubén: era, es, un ser lastrado, ralentizado por no se qué que le haya ocurrido. Era fuerte y débil al mismo tiempo. Con ese aspecto de ogro demacrado parecía poder librar cualquier batalla; sin embargo, en ocasiones, su mirada extraviada revelaba una fragilidad y una angustia insoslayables. Y de ahí podía pasar a la tranquilidad más absoluta. Quizá era eso lo que me atraía de él.

-No soy lo bastante para ella-soltó, angustiado, Rubén.

-¿Ella? ¿Tu gata?

-Julia.

-¿Tu gata se llama así, Julia?-no podía creérmelo.

Zanjé el asunto y volví al departamento, a por el libro de texto. Mi clase de tercero comenzaba en breve y todavía no sabía qué hacer. Quizá podría dar una clase sobre una gata para la que no es suficiente un tipo de más de dos metros de altura, con una abismo y una profunda desesperación en la mirada.

Ya está. El timbre, esto es, el reggaetón de turno.

Todos los seres tenemos dos partes, a saber, cara y nuca, pecho y espalda; dos partes que no se comunican entre ellas, antagónicas. Mi pecho no habla con mi espalda, mi cara no sabe nada de mi nuca, la vida que lleva. Pasa una cosa muy curiosa entre los humanos: nuestros pechos y nuestras caras intercanvian monotonías y cosas importantes a diario; pero ¿Y nuestras espaldas, y nuestras nucas, nuestros glúteos…? NADA: desconectados.

¿Y si pasara lo mismo con nuestras almas? La rutina, las frases banales, las cotidianas (nuestras caras y nuestros pechos) que se oyen a menudo. Las espaldas (lo más íntimo, lo profundo, la cara B) que viven en silencios rotos solo por temblores esporàdicos.

Esto es lo que me entra con el aire que respiro cuando me desplazo por el edificio: Rubén y sus sentimientos; Devendra y los suyos…. Todos los que aquí estamos con nuestro lado oscuro (en la sombra).

Y tras este momento oculto (en la sombra) sigo desplazándo co premura por los pasillos.

Toca clase.

Entro en tercero K. Ahí está, una clase, la clase. Un grupo, en definitiva, humano. Una pequeña representación del mundo. Un microcosmos; con representaciones de casi todo. Ahí está el líder vocinglero y mal hablado, Donald Trump. En el centro casi exacto, geométrico, de la clase. Todo el mundo está pendiente de sus comentarios airados, de sus salidas de tono, de su novedosa y sin embargo perniciosa concepción del “espectáculo”. Porque, cada vez más, la sociedad traslada a las aulas ese perverso sentido del espectáculo que lo impregna todo. Al lado de Trump siempre está el pequeño Bolsonaro; no tan atrevido, con menos presencia y no tanta osadía, pero secundando siempre esa actitud desafiante y negativa. Junto a la ventana, recibiendo la luz de la mañana, alegre, bondadosa, Michelle Obama. Una niña elegante. Suele evadirse de las provocaciones de Trump –no sé cómo lo consigue- mostrando siempre una actitud positiva y receptiva. Cuando me toca dar clase aquí siempre miro hacia el lado de Michelle Obama; hacia el lado de la luz. Michelle acoge mi discurso; tal vez no le interese, pero lo acoge siempre, como si le incumbiese. En el otro extremo, como si con ellos no fuera la cosa: las estrellas de la clase, siempre ausentes, siempre reconcentradas en su propia apariencia, siempre atildadas a la moda: Angelina Jolie y Bad Pitt. Angelina y Brad intervienen poco. No te dan nunca nada. A ellos les basta ofrecer su presencia; estar allí. Hay un nosequé de superioridad en ellos; una fachada impenetrable, como si tuviesen un secreto al que yo, como profesora, como “forastera” en su ámbito, no tuviese acceso. Angelina y Brad tienen belleza y juventud; valores que en el microcosmos de la clase cotizan al alza. Luego están las Chicas de Oro: Dorothy, Sophia y Blanche. Graciosas, bienintencionadas, pero muy a la suya. A veces parecen demasiado pendientes de Trump y Bolsonaro, a veces siguien las indicaciones de Michelle Obama y me ayudan entre todas con la clase, a veces, sin embargo, se evaden y yo no sé cómo reconducirlas. Y un poco más allá, al fondo, el grupo de los piratas somalíes. Apenas tres o cuatro metros me separan de ellos; sin embargo, no pueden estar más lejos. Su misión es provocar el desconcierto, crear desorden. Lo llevan en su ADN, de fábrica. Y poco se puede hacer para desactivarlo. Cincuenta y cinco minutos tomándole el pulso al mundo; a las tensiones del mundo. A la filosofía que el mundo absorbe del tiempo en que vivimos; llena de prejuicios consumistas, de tensiones grupales y raciales, territoriales, incluso. Navegar por esos cincuenta y cinco minutos es todo un privilegio; una aventura cotidiana. Agotadora, sin embargo.

(Michel Obama)

Sóc conscient de la influència que exercisc sobre ella. M’agrada, encara que és una gran responsabilitat i de vegades dubte de que siga eficaç. És com una complicitat implícita, íntima que sols entenem ella i jo i que es manté, entre mirades, gestos i silencis, al llarg de la sessió. Sé que alguna companya està celosa per eixe lloc privilegiat que m’ha otorgat. De vegades em fa sentir incomòda i, inclús, sola per obligar-me a ocupar aquest paper dins de l’espai tancat de l’aula. Un soroll estrident, de sobte, em trau del meu propi ensimismament.  L’alarma està sonant, avisant-mos de que la classe s’ha d’interrompre immediatament, amb un “ordre” après que mai aconseguim millorar. Pot ser siga una simul.l.ació – però fa un mes ja n’havíem fet un!-. El nerviosisme i el rebombori envaeix el silenci que fa uns segons impregnava l’espai.

(SONSOLES)

Salgo del aula con una ligerísima sensación de frustración. Como siempre. Dando rienda suelta a mis demonios.

Enseñar. Para qué enseñar. Qué es enseñar. Probablemente, nadie lo sabe a ciencia cierta. La vida seguramente sea demasiado corta para que una acumule la suficiente experiencia como para pensarse –creerse- con la autoridad suficiente como para transmitir esa experiencia a otro. Generalmente, somos pragmáticos y hablamos de la enseñanza como un empleo, una forma de ganarse la vida. Adquieres una serie de conocimientos de algo (matemáticas, geografía, o lo que sea) y te dedicas a difundirlos entre personas que son más jóvenes que tú y todavía no han adquirido esos conocimientos. Pero, ¿es eso enseñar? ¿Deberíamos plantearnos ser, simplemente, instrumentos al servicio de una Administración?

Desde luego, a pesar de mis dudas (que en ocasiones me atormentan terriblemente) yo siempre he querido ser profesora. He dicho “profesora”; y no “profesor”, pues cuando pude ser profesor no quise serlo. Preferí como hombre trabajar en otra cosa. Y convertirme en mujer para dar clases, para ser “profesora”.

Recuerdo que hace años leí un libro que me marcó mucho. Se titula El país del agua. El autor es el inglés Graham Swift. Trata de un profesor de Historia que decide explicar su propia historia a sus alumnos (“enseñarse él”), previo a enseñar la Historia general. Ese libro me enseñó que, probablemente, enseñar es enseñarse; esto es, mostrarse, o “darse” (si se quiere darle un matiz heroico). De manera que cada uno de nosotros debería encontrar la mejor manera de “enseñarse”, para así poder enseñar.

 

Yo estudié Historia del Arte. Aunque imparto generalmente la asignatura de Geografía e Historia de la educación obligatoria; cosa que, a veces, resulta frustrante. Me especialicé en Arte Contemporáneo (no me ha servido para nada); y me acuerdo siempre de dos de los grandes referentes del mundo artístico de la segunda mitad del siglo XX: Andy Warhol y Joseph Beuys. Warhol y Beuys fueron figuras antagónicas, como la cara y la nuca –fruto de mis reflexiones anteriores-. Coincidieron en que su importancia cultural fue mucho más allá que la calidad de sus obras. Fueron iconos culturales: Warhol, para la sociedad y la cultura norteamericana; Beuys para la cultura europea. Warhol consiguió, desde el mundo del Arte –marginal, en cierto sentido- inscribir su nombre en el sistema del estrellato americano. Su figura nos viene a decir: crea tu propio personaje, crea una ficción en tu vida y hazla realidad: esto es, esconde tus debilidades y tus defectos. Warhol es la gran figura artística de la sociedad capitalista (junto a las estrellas del cine y la televisión, con las que se alineó). Beuys, al contrario, reivindicó la figura del chamán, del ritual primigenio, del Arte abierto a los instintos naturales. Con su obra, Beuys nos decía: muestra tus defectos, muestra tus debilidades y haz una obra en torno a ellos. Por supuesto, la Guerra Fría la ganó Warhol; y hoy es uno de los artistas contemporáneos más cotizados.

En nuestra forma de “enseñarnos”, ¿qué preferimos?, ¿esconder nuestras debilidades o mostrarlas?

 

Siempre he querido hablarles a mis alumnos de mi opción transgénero. Nunca me he atrevido. No he sabido crear, hasta ahora, el clima adecuado en el aula. Si lo hiciera me produciría innumerables problemas. No obstante, como el protagonista de El país del agua, estoy deseosa de “enseñarme”.

(JÚLIA)

 

Mentrestant, la gata Julia posava per Rubén. El gegant tractava d'imitar el perfil d'ella amb la posició dels braços.




(Javier)

Salgo de clase de segundo de bachillerato un poco harto, la verdad. Les hablas de la fenomenología de Husserl (¡solamente mencionarla!) y se parten de risa como si estuvieran oyendo un monólogo del Club de la Comedia. Ya es bastante que tenga que machacarlos con Simone de Beauvoir sin que tengan que saber nada de Camus o Sartre. Que si se me ocurre mencionar a este último, otra vez, les entra la risa y, si hay alguien que se acuerda, se acuerda de aquel francés como “aquel bizco feo”. Ya lo dice mi amigo Olegario: La cultura está fracasando. Se trata de un naufragio, lento, muy lento aunque inexorable, del que soy testigo de año en año.

 

Me toca guardia de patio. Menos mal que me voy a encontrar con mi amigo Olegario. Se trata de un gorrión que suele posarse a la sombra en una de las ramas del árbol que está a la derecha saliendo por las escaleras. Una vez cada dos semanas me toca en ese lugar. Al principio me extrañó que un pequeño gorrión me hablara; pero pronto agradecí tener con alguien una aguda conversación sobre Heidegger; aunque sólo fuera un pequeño pajarillo con aire asustado. Los alumnos -los que no van tan a la suya que ni se dan cuenta de que ando por allí-, los alumnos, digo, creen que hablo solo; pues la vocecilla de Olegario es tan tenue que apenas la oigo yo, por mucho que me acerque. Olegario a veces fuma pequeños cigarritos que se lía él mismo con restos de hojas y ramas. Porque dice que para él, el acto de fumar, las volutas de humo a su alrededor, le incita a pensar.

 

Olegario es de ideas anarquistas. Y digo yo que no podría ser de otra manera; dada su condición de animal salvaje, o semisalvaje, aunque de pequeño tamaño. Aparte de este progresivo desmoronamiento de la cultura, que yo apenas le discuto, Olegario anda preocupado últimamente por la mala gestión que tenemos todos (él se incluye) del tiempo; y que tiene, según Olegario, (la mala gestión) una raíz cristiana. Empezamos ofreciéndole nuestro trabajo a Dios y hemos acabado, dice Olegario, obsesionados por un trabajo que no nos lleva a ninguna parte; a lo sumo, concluye, a seguir enriqueciendo a las empresas de telecomunicaciones.

 

Mi pega viene por su condición animal. Pero si tú no trabajas, alma de Dios. Eres solo un pajarillo.

 

Entonces él argumenta que su especie vive muy a expensas de la sociedad nuestra; pues no vive en entornos enteramente salvajes. Al menos yo, dice Olegario, no conozco ningún gorrión enteramente salvaje. De modo que los gorriones, según Olegario, son muy sensibles a los ritmos humanos y les perjudica, les estresa, el frenetismo con el que cada vez vivimos todos instalados. Y al decir “todos” se incluye a él y, se supone, a los suyos. Por eso fumo, dice Olegario.

Me pregunta qué voy a hacer en vacaciones. No sé por qué. Y le cuento todo lo que mi mujer y yo hemos programado. ¿Ves?, me dice. Estás aplicando el mismo concepto de productividad a tu tiempo de descanso, el mismo con el que te machacas en tiempo de trabajo. Lo mismo estáis haciendo con toda esta gente (y señala con su alita derecha al patio, donde cientos de adolescentes circulan libremente). Les estáis educando para ser productivos, para adaptarse lo mejor posible a la “máquina”… No tanto para pensar y sentirse libres… Y eso que tú eres –supuestamente- profesor de filosofía.

 

Yo hago lo que me dicen que haga, le dije a Olegario, un poco enfadado. Sí, claro, me dijo; pero habrá algún resquicio; algo por donde entrarles y que les saque de ese estado tan complaciente con la maquinaria de la productividad. (¿A qué se referiría exactamente con “maquinaria de la productividad”?) En ese momento, me despisté un poco. Se me acercaba Árnold, de educación física, con una amplia sonrisa. Cuando me giré de nuevo, un gato estaba devorando a Olegario. Lo contemplé horrorizado. Pero no pude explicárselo a nadie. El gato sustituyó en el árbol a Olegario, como si el pequeño filósofo no hubiese existido nunca. Y yo me alejé a hablar con Árnold.

Se acababa el patio. Árnold renqueaba. Se acercó a mí mirándome fijamente a los ojos y dijo:

 

-¿Tienes wifi?

 

-No hay wifi en el instituto, Árnold, lo sabes perfectamente.

 

Árnold se quedó quieto, de espaldas a mí. Mirando aparentemente al vacío. El alumnado volvía a clase. Creí escuchar un zumbido. Pensé que el cielo amenazaba lluvia. Entonces, Árnold se volvió y me advirtió, sentencioso:

 

-Paco, el nuevo de plástica, es un doppelgänger de Devendra.

 

Dijo eso y se fue. Se dirigió al gimnasio. Yo me quedé pensando un instante. Nunca había caído en el parecido físico entre el chico nuevo de plástica y Devendra, nuestro psicólogo. Pero, ¿por qué llamarlo “doppelgänger”? ¿Estaba bromeando, Árnold?

 

Caminé hacia la sala de profesores. No tenía clase la hora siguiente. Me crucé con varios profesores y profesoras; entre ellos Paco. Me fijé en él, tratando de disimular mi interés. El parecido era evidente; quizá Paco era más joven y más moreno. Y sí, había algo en su mirada. Algo esquivo; quizá maligno. O quizá mi percepción había sido inducida por la afirmación de Árnold (Paco, el nuevo de plástica, es un doppelgänger de Devendra).

 

Recordé haber leído algo sobre la figura del doppelgänger. Se trata de una figura romántica, que ha inspirado numerosas ficciones (el famoso Mr Hyde de Stevenson, o el Goliadkin de Dostoyevski). La leyenda dice que cuando uno se encuentra con su doppelgänger, su doble maligno, la muerte acecha. ¿Se habrá dado cuenta de esto Devendra? ¿Tendrá que ver con su obsesión por levitar?

(SONSOLES Y JAVIER)

 

Cuando Javier llegó a la sala de profesores Sonsoles ya estaba sentada en su sitio habitual: junto a una columna que ocupa una posición central en la sala, y que interfiere en la mirada de cualquiera que se asome por la puerta. Sonsoles decía siempre que prefería ese sitio por una cuestión de resguardo, por sentirse protegida junto a la superficie cilíndrica (de unos cincuenta centímetros de diámetro, aproximadamente), de carácter macizo. La columna fuerte, robusta, inexpugnable, junto a la que sentirse segura. En su fuero interno, y en conversaciones privadas, Sonsoles confesaba el carácter erótico de su decisión de colocarse allí, en ese preciso lugar, junto a ese enorme símbolo fálico, desde el que acurrucarse y, ay, soñar… Javier conocía esta segunda versión y a veces bromeaba con su amiga Sonsoles, casi siempre en clave, para no incomodarla.

 

Javier solía sentarse en una esquina, bastante lejos de Sonsoles. Esto les obligaba a casi gritar, cuando se hablaban. Pero no había otro remedio, pues las “vacas sagradas” del claustro tenían cada una asignado un lugar en la enorme mesa de la sala de profesores. En una esquina, por otro lado, Javier se sentía cómodo; pues la esquina subrayaba su carácter de “outsider” en el instituto. La esquina no era un lugar asignado a nadie. En cierto modo era lo que en el lenguaje militar se conoce como “tierra de nadie”. Su lugar.

 

– ¿Has hablado con Árnold? – preguntó Javier.

– No lo he visto hoy. ¿Por qué? – dijo Sonsoles.

– No sé. Estaba raro en la guardia de patio. Cojeaba un poco, me ha preguntado si yo tenía wifi, cosa que me ha dejado desconcertado. Y al poco rato, me ha dicho que Paco, el nuevo de plástica, el jovencito, en realidad es un doppelgänger de Devendra.

– ¡Qué burrada! Aunque, bien mirado, ese chico, ¿cómo has dicho que se llama?, ¿Paco?, sí que se da un aire a Devendra.

– Me he cruzado con él al venir hacia aquí y, no sé si inducido por lo que me ha dicho Árnold, sí me ha parecido que hay algo extraño, o maligno, en él.

– Creo que Caridad me dijo que es escultor- apuntó Sonsoles.

– Vaya, a saber qué clase de esculturas hace –dijo Javier.

– Ahora que lo dices, hace un par de semanas sucedió algo extraño en una de sus clases. Una chica de tercero de ESO descubrió una sombra en el aula, en la que parecía adivinarse una cara, como las famosas caras de Bélmez. Llamaron a Lalo, pues algunos alumnos se asustaron. Y no consiguieron averiguar qué o quién había dibujado esa cara en la pared. La chica dijo que se parecía a su tío Benito, el hermano de su padre, un exalumno.

– Igual lo dibujó el tal Benito, años ha. Y el dibujo ha salido ahora. ¡Vete tú a saber!

(Árnold)

Ja està. Un altre dia. Una altra classe. Una altra època. Un altre temps. Un, dos, tres, caballito inglés. Em pare a pensar. Faig l’esforç. Mmm. Entre, ixc. No ho aconsegueixc. No arribe. Sempre una trava, una barrera. Tinc dona i dos fills, què més vull? Cotxe, moto, bicicleta. Correr tots els dies, caminar. Alçar peses. Compte fins a cent. M’agrada comptar. M’agrada l’ordre, l’ordinal, les files índies. M’agrades tu. Un, dos, tres, caballito inglés. Un pas, després un altre. Un quilo, després un altre quilo. Deu repeticions. Saltar, pujar, flexionar. Em ve bé tot. Menge com una llima i no engreixc, clar!, ho creme tot. M’agrada cremar. Els diners cremen. Els diners manen. Els diners no importen. Sempre que em pare a pensar em venen al cap els diners. Els comptes no ixen sempre com un desitja. M’agrada comptar els meus diners. Un, dos, tres, caballito inglés. Els xiquets creixen, els arbres creixen. La vida passa amb aquesta mateixa sensació de fastig. Oh, no. Mmm. No avorrir-se mai. Eixir a córrer, eixir a passejar. Vore una sèrie. M’agraden les sèries. També les sèries de coses. En fila índia. A vegades em pose en fila índia quan camine sol pel carrer, darrere de qualsevol desconegut. M’agrada estar en fila índia. En la cua del banc. En la cua del cinema. En la cua del pa. En la cua del futbol. He nascut per a estar així. En una cua, en fila índia. Un, dos, tres, caballito inglés. De menut sempre vaig voler ser el primer en totes les files índies. Ah, de nou l’ordinal, l’ordre, el primer, davant de tots. Després he anat conformant-me. Entre i ixc de les files índies. No passa res per parar-se a pensar. Veus?, així. M’he parat a pensar. Mmm. He pensat una estona en els diners. Els comptes. El que he pagat i el per pagar. Les coses que primer pagar i les coses que pagar després. El meu primer fill i el meu segon fill. Tot ha vingut així. Una cosa va davant i una altra va després. I el que un procura és no quedar-se enrere. Que no li passe per dalt l’ona. El món és així, competitiu. Una putada, veritat? Però és així. Jo ho veig així, claríssimament clar. No val la pena perdre. A mi no m’agrada perdre ni a les caniques. Un, dos, tres, caballito inglés. Pas a pas. Partit a partit. Aconseguint petites metes que després seran grans metes. Inversions. Exercicis. Flegmes. Pujar escales. Baixar escales. Anar cap endavant. Cap endarrere ni per a prendre aire. Em pare a pensar. Ja està. Ja he pensat. Què més cal pensar? Res. O trepitges o et trepitgen. O avances o t’avancen. O puges o baixes. En funció dels altres. Tot en funció dels altres. Com un joc. Com un esport. La vida és una prova. Una carrera d’obstacles. Un, dos, tres, caballito inglés. Corre, corre que te piso. Salta quan faça falta saltar. No mees fuera de tiesto. Estigues preparat per al que pugua arribar. Menja bé. Dorm bé. Entrena bé. Cinquanta quilos, setanta quilos, vuitanta quilos, cent quilos. Algú dóna més? Ningú podrà amb mi. Un, dos, tres, caballito inglés. Sóc així feliç. Tot el feliç que es pot ser, no? Algú pot dir que és feliç, que és més feliç que jo? Ningú. Un moment, com puc estar fent-me aquestes preguntes? Estic a soles en el gimnàs, esperant als meus alumnes. Esperant als xics i xiques. Són per a mi un regal. Un exemple. Un alè. Com fills meus. Els posaré en una fila índia. Els explicaré. Primer, segon, tercer, quart. Així fins a l’infinit. Com diu Lalo, un dia darrere l’altre. Un, dos, tres, caballito inglés.